Incertidumbre

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Nada de lo que estamos viviendo lo hemos vivido antes. Otros conflictos, otras desgracias, pero nunca nada tan general ni tan incierto. Sólo está el recuerdo de haber leído sobre lejanas epidemas en épocas medievales, pero esto está sucediendo ahora, y lo que predomina sobre todo es la incertidumbre, porque nada sabemos con certeza, ni sobre el presente, ni mucho menos sobre el futuro, y justo esa incertidumbre es lo que más desestabiliza psicológicamente.

Tras la llegada a nuestras vidas de la pandemia y el vuelco repentino e inesperado que en ellas ha provocado (de 360º, riámonos un poco), he pasado por una serie de estados de ánimo con los que creo que mucha gente se sentirá identificada, y he recordado momentos vividos que me produjeron una mezcla emocional que aunque distinta, es lo más parecido que puedo encontrar en mi memoria.

No sé muy bien lo que quiero expresar, y estos días he necesitado el silencio, pero ayer me brotó la idea de que algo lejanamente parecido, que podía conectar con esto de ahora, lo había experimentado antes. Al igual que yo, muchísimas otras personas en el mundo, y pensé que esa experiencia podría servir para dar alguna perspectiva, alguna luz, sobre la situación actual, cuando ya pasado el primer impacto, es fácil que aparezca la desesperación. Además de desahogarme, claro.  Esa otra experiencia es acompañar durante meses a un ser muy querido con una enfermedad mortal.

Confusión, bombardeo de información, sensación de irrealidad, miedo, desánimo, agotamiento, tristeza, momentos de agitación, otros de coraje y empeño, escudriñar entre los datos buscando aquellos que den alguna esperanza, aferrarse a ellos, aceptar la situación sin llegar a creértela del todo, sentirse impotente, desgraciado, buscar la manera de seguir adelante, aceptar que es real, aunque no lo parezca, encontrar normalidad en medio de lo anómalo…

Quien lo haya vivido reconocerá las sensaciones de aislamiento, de estar apartado del mundo, que por desgracia ahora son generales, a lo que hay que añadir la preocupación por amigos y familiares que están lejos, que están aislados, por las personas de todas las profesiones que se exponen diariamente al contagio, por quienes tienen condiciones materiales pésimas,  la inquietud en mucho casos por el futuro económico, la imposibilidad de despedirse cuando hay alguna muerte…

Todo este horror que nos rodea y en el que estamos inmersos es importante reconocerlo y mirarlo, y aceptar lo que nos provoca, que es mucho malestar y angustia. Cómo no nos va a provocar todo eso. Cada persona tendrá su manera de expresarlo, pero es necesario hacerlo, tener momentos de desahogo y poder decirlo, aunque sea unos instantes.

Creo que como seres humanos estamos evolutivamente preparados para vivir y superar situaciones muy difíciles, extremas, y tenemos la fortaleza suficiente para seguir adelante aunque no lo veamos posible, aunque dudemos. La experiencia me ha enseñado que es posible seguir adelante pese a todo, y que es posible también recuperarse de mucho más de lo que pensamos.

Esta áspera meseta en la que estamos ahora, es el momento más difícil. Ya ha pasado ese primer choque, no sabemos cuánto más va a durar esto, y al mismo tiempo tenemos miedo de que se acabe y ver qué nos encontramos después, qué será de nosotros.

Toca ahora buscar en nuestra experiencia, en nuestra memoria, la certeza de que hemos resistido muchas cosas antes. Quizá no iguales que esta, pero seguro que muy difíciles también, que creíamos que no íbamos a superar, pero lo hicimos.

Puede venir la tentación de pensar que no tengo derecho a sentirme mal porque otros están mucho peor, pero eso no ayuda a nadie y debilita a uno mismo. Por el contrario, ser útil si es posible,  de la manera que sea, suele ser lo más eficaz.

Alguien me dijo una vez que sólo yo podía saber qué era lo que necesitaba para estar mejor, y que si estaba en mi mano, lo hiciera. Dentro de las opciones que tengamos, cosas pequeñas que puedan hacernos sentir mejor, hacerlas sin dudar, aunque en principio den pereza.

Cada quien tendrá sus recetas, que no pretendo darlas, sino como decía, desahogarme un poco, y si a alguien le sirve de algo, bien estará.

Mucha fuerza.

 

 

 

 

 

 

 

 

Indignación eréctil

He perdido ya la cuenta de las veces que he sentido indignación cuando un paciente me cuenta su recorrido previo por las consultas de otros profesionales, y suele ocurrir que de entre ellos, los que más me la provocan son, por este orden, los que se dedican a la ginecología y a la urología, con excepciones que casi celebro en vez de verlas como algo normal.

Esta vez ha sido la experiencia de un paciente que acudió a mi consulta con un problema de  disfunción eréctil, es decir, que el pene pierde de forma parcial o total la erección en algún momento de la relación sexual, durante la penetración o antes, haciéndola imposible, y siempre que  esto se de  en la mayoría de las relaciones sexuales. Si ocurre de forma aislada, algo que la práctica totalidad de los hombres ha vivido alguna vez,  a cualquier edad, (lo que coloquialmente se conoce como “gatillazo”, y que puede deberse a muchos factores: nervios, cansancio, malestar físico o emocional, exceso de alcohol…) no se puede decir que hay disfunción.

Cuando este episodio se repite, sobre todo en circunstancias en las que le importa mucho “quedar bien”,  el hombre empieza a angustiarse, a pensar mucho sobre eso, a creer que algo está fallando en él, a anticipar que le va a ocurrir, y eso provoca que vuelva a suceder; ya se ha convertido en un problema.

Algo parecido es lo que le ocurrió a este paciente, así que acudió a un urólogo, quien, tras hacerle una evaluación, le recetó sin más un famoso medicamento.

De este medicamento existen hoy día tres  marcas, una de ellas conocida por todo el mundo; fue la primera que salió al mercado y supuso una revolución en la vida de mucha gente, haciendo posibles las erecciones de  hombres, habitualmente de cierta edad,  que debido a algún deterioro orgánico habían perdido o visto diminuida esa capacidad. Otra cosa es que esto hacía que las relaciones sexuales siguieran estando centradas en la penetración, cuando los hombres pueden proporcionar placer con todo su cuerpo, y en ocasiones mucho mejor que con el pene.

Hay que explicar que últimamente se ha extendido el uso  “deportivo”, como yo lo llamo,  de esta medicación entre hombres que no tienen en principio ningún problema de erección, algunos incluso muy jóvenes, pero quieren prolongar de forma olímpica sus erecciones, al modo de los actores porno, o bien quieren asegurarse el “rendimiento” a pesar del abuso de sustancias varias.

Este paciente (que me ha autorizado para contar su historia), estuvo tomando esta medicación, durante varios meses, de forma intermitente, y siempre estaba latente el temor a “fallar” de nuevo, puesto que en ese tiempo se había establecido una relación causa-efecto entre la ingesta de la pastilla y el logro de la erección.  Aun así, cada vez le costaba más y su inseguridad iba en aumento.

Finalmente el problema llegó al máximo el día en que, a pesar de haber tomado la pastilla, no había rastro de erección.  Desesperación, angustia, sentimientos de fracaso, problemas con su pareja, que llegó a romperse, porque ella  veía afectada su autoestima, haciendo la atribución errónea y por desgracia común entre las mujeres de que eso le ocurría por su falta de atractivo.

En esta situación estaba cuando lo vi.  Me buscó como última solución y con un punto de escepticismo. Después de contarme toda esta experiencia, evaluarlo, y quedarme muy claro de dónde venía el problema, empieza mi indignación.  Con un par de preguntas se puede saber si el origen es orgánico o psicológico, y o bien este profesional de la urología no las hizo, lo que denota un gran desinterés, o aun sabiendo que la causa de este problema no era orgánica, lo trató como si lo fuera, consiguiendo una erección a corto plazo, pero a costa de prolongar el problema y no solucionarlo realmente.

Derivar al profesional adecuado habría adelantado la mejoría y evitado a este paciente meses de tensión y malestar, pero al parecer algunos especialistas se dejarían matar antes que admitir que su competencia tiene limitaciones.

Con el tratamiento adecuado, el paciente salió del bucle en el que estaba metido,  recuperó la confianza en sí mismo, y volvió a tener erecciones de forma natural y despreocupada, precisamente porque aprendió a no darles tanta importancia.

La mala educación (sexual)

Los fans de Almodóvar recordarán la película que me inspira el título de esta entrada. Ahí se trata, creo que con bastante acierto, el doloroso tema del abuso sexual infantil en el seno de la iglesia católica.  El papa Francisco dice hoy en la prensa que también en las familias se ha mantenido oculto, y por desgracia, tiene toda la razón en eso. Sus palabras textuales: “En los tiempos antiguos estas cosas se cubrían. Pero también en casa, cuando el tío abusaba de una sobrina, o cuando lo hacía el padre con los hijos. Se cubría porque era una vergüenza muy grande”. Repito, por desgracia, tiene razón.  Sin entrar a fondo en el tema, lo que sí sé es que una buena educación sexual habría podido evitar muchos de estos abusos, tan frecuentes. Si puede hablar de algo con normalidad,  si no le da vergüenza, será mucho más fácil que una niña, un niño, hablen si ocurre y así se pueda atajar y solucionar lo antes posible.

El Salón Erótico de Barcelona ha publicado un vídeo: “Sin educación”, y con su estilo provocativo, explica algo muy cierto, que hace tiempo vengo observando con preocupación, y que incluso habíamos comentado en un grupo de adolescentes con las que trabajo la prevención de violencia sexual: Cómo la pornografía es la fuente predominante de información sexual que tienen hoy muchos niños, fácilmente accesible desde cualquier dispositivo móvil conectado a internet.

Como sexóloga he explicado muchas veces que la ausencia de educación sexual por parte de las familias termina siendo mala educación sexual, precisamente porque educación sexual siempre se hace, aunque no se sepa que se está haciendo, y al evitar repetidamente un tema con evasivas, con silencios (al menos, o eso espero, ya no se dan manotazos a las niñas pequeñas cuando se tocan su vulva con evidente placer, y no me lo estoy inventando), se está señalando con flechas de neón que “ese” tema es diferente, que mejor no se habla de él y que hay que buscar  información en otro sitio, que antes solía ser las  conversaciones con iguales, investigando en libros, hasta en diccionarios, con la propia experiencia, en revistas, hasta en los chistes. Algunos recibían alguna charla en el colegio o en el instituto, normalmente centrada en los anticonceptivos, y los poquísimos afortunados podían hablar de esto en sus familias.

Siempre recuerdo con ternura a mi madre (ya ha aparecido antes en este blog) quien, no sabiendo qué responder ante mis preguntas sobre sexo, me regaló un día un libro educativo para niños, y más que el libro en sí, lo que me llegó fue el gesto, que me indicaba que no era un asunto feo ni había nada vergonzoso en hablar y saber de ello. ¡Vaya si tuvo efecto, que me acabé dedicando a esto! Además de eso y por encima de eso, la naturalidad que mostraba con su cuerpo,  cómo se percibía sutilmente su capacidad de disfrute, fueron la mejor educación sexual que pude tener.

La pornografía no es un fiel reflejo de la sexualidad, sino una representación deformada de ésta con el propósito de provocar excitación, pero eso los niños no lo saben (algunos adultos parece que tampoco), y muchos crecen asumiendo que lo que ven es lo que luego pueden esperar en su vida sexual, cómo han de comportarse, qué les hará disfrutar, lo que más tarde puede generar muchas frustraciones  y una forma “pornificada” de vivir la sexualidad, mucho más estresante y menos satisfactoria.  Esto también hay que dejarlo claro dentro de una adecuada educación sexual.

 Es más necesario que nunca que haya una buena educación sexual, información clara y accesible, y actitud de naturalidad en las familias, que proporcionen a los menores,  entre otras muchas cosas, capacidad para expresarse, confianza en su cuerpo y en sus sensaciones,  más que en lo que desde fuera les digan que tiene que ser. Y no sólo en el sexo…

Maternidad y Sexualidad

IMG-20180224-WA0001Dos palabras que, teniendo tanto que ver, parece que hayan estado dándose la espalda durante demasiado tiempo, perteneciendo a mundos ajenos; hablo sobre todo de su estudio y tratamiento. Y estando cercana a ambos, dado que me especialicé en sexología, y profundicé mucho en la maternidad y la crianza, en este caso por razones personales, lo que sin duda influyó en mi práctica profesional, lo curioso es que siempre las había considerado dos áreas completamente separadas entre sí. Sin darme cuenta, yo misma reproducía la escisión que flota en nuestra cultura: la maternidad pura y asexual por un lado, la sexualidad placentera, libre y hasta higiénica por otro, no se fuesen a mezclar.

No hace mucho, después de formarme en  Salud Mental Perinatal , fue cuando algo hizo click en mi cabeza y entendí de pronto que mis dos apasionados intereses no es que tuvieran algo en común: es que tenían todo en común.  Además del hecho obvio de que a la maternidad se llega a través de la sexualidad (cada vez menos en realidad, conforme la tecnología se va ocupando de esto…a veces me pregunto si llegaremos al “querido frasquito” de “Un mundo feliz”), está el hecho no tan obvio por el momento de que el embarazo, el parto, la lactancia, son fases del ciclo sexual femenino, que pueden vivirse con placer sensual y sexual, genital o no, y que este placer es tan natural y acorde a la experiencia como el que se siente al satisfacer el hambre o la sed. La naturaleza se ha encargado de hacer placentero lo que es vital para la supervivencia, de una manera lógica.  Otra cosa es que el alejamiento de nuestro equilibrio físico y mental provoque que vivamos estas experiencias de una forma alterada, en muchos casos con tensión y dolor.

He tenido oportunidad de reflexionar de nuevo sobre todo esto en el seminario que hace poco más de un mes, el 20 y el 21 de enero, estuve  impartiendo  dentro de la formación de doulas Diez Lunas que cada año organiza Concha Villaroya en Valencia. A Concha, que es doula, la conocí en la formación de Salud Mental Perinatal que hicimos juntas en 2015, y me invitó a dar uno de los seminarios, en el que pude abordar precisamente este tema, el de la asexualización cultural de la maternidad, entre otros. Agradezco mucho su confianza, porque me conocía, pero nunca me había visto exponer. Y como suele ocurrir cuando has de presentar algún tema, es la oportunidad para profundizar aún más, para estructurar lo que sabes de forma que llegue bien, para conocer algún texto nuevo relacionado… Y disfruté mucho luego exponiendo, compartiendo con las asistentes, debatiendo ideas, escuchando experiencias…fue todo un placer.

Acabo de caer en la cuenta de que muchas personas no tienen una idea clara de qué es una doula; estaría bien aclararlo. Doula es una palabra griega que significa sirviente de la mujer. Actualmente se refiere a una profesional formada que informa y acompaña, física y emocionalmente a la mujer en su proceso vital de maternidad. No se considera personal sanitario, ni ejerce esa función. Una comadrona o partera sí lo es, y tiene competencias y conocimientos que la capacitan para ocuparse del proceso del parto. Ambas profesionales pueden complementarse para que la madre se sienta relajada, capaz, y centrada en su experiencia, lo que va a facilitar el parto y el posparto, ayudando a que sea un momento nutritivo psicológicamente, para la madre, para el bebé, para toda la familia.

Como les dije a las doulas en formación, mujeres cálidas, me sentí muy bien acompañada en ese fin de semana que fue para mí una nueva experiencia, la de formar con un recorrido más extenso del habitual. Espero con gusto las siguientes.

 

Anatomía Patológica

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Llevo semanas pensando en lo que voy a contar, tenía claro que quería escribir sobre ello desde que lo escuché, porque me impresionó ver hasta qué punto la información errónea puede causar tanto impacto en la vida de alguien.

No fue hasta 1998, hace casi nada, que Helen O’Connell, una uróloga australiana, describió la estructura completa del clítoris, mediante imágenes conseguidas por resonancia magnética. Hasta entonces, por tanto, no se conocía en realidad cómo era la anatomía de los genitales femeninos o, por decirlo mejor, se tenía de ellos un conocimiento erróneo causante de  muchos problemas, como el que por desgracia le ocurrió a una paciente, y que voy a relatar, siempre con su permiso.

La llevo conociendo algún tiempo, hemos abordado distintas dificultades, y ya sabía que para ella las relaciones sexuales eran un problema, porque solían ir acompañadas de dolor en la penetración, ésta se daba prácticamente siempre que tenían relaciones, y además nunca alcanzaba el orgasmo, con ningún tipo de estimulación. Abriendo un paréntesis, me pregunto con tristeza cómo es posible que tantas mujeres se entreguen una y otra vez, cientos y miles de veces, a una práctica sexual que les resulta dolorosa, y cómo tantos hombres, cientos y miles de veces, estén penetrando y sean capaces de disfrutarlo siendo plenamente conscientes de que la mujer con quien lo están haciendo está sufriendo molestias. Cómo no destierran esa práctica hasta que se resuelva el problema, que se puede, y vuelva a ser sólo placentero, y se dedican mientras tanto a otras caricias indoloras y tan excitantes y orgásmicas como el coito puede serlo. Pero  justamente la idea de que el coito es LA ÚNICA RELACIÓN SEXUAL AUTÉNTICA, ESENCIAL Y VERDADERA,  es lo que mantiene ese disparate; junto con la idea de que todo lo demás, por mucho que haga disfrutar, son sucedáneos, complementos y hasta aperitivos, y todo el mundo se inclina ante esa supremacía coital, cueste lo que cueste. Incluso cuando no hay intención de reproducirse, que es la inmensa mayoría de las veces.  Cierro el paréntesis, que me enciendo y me pierdo.

Siguiendo con la historia de mi paciente, me cuenta que no sólo no puede tener orgasmos en la relación sexual, es que tampoco puede tenerlos a solas desde hace muchos años, y aquí viene la razón del título de hoy. De jovencita se masturbaba, y se excitaba y llegaba al orgasmo cada vez que le apetecía. Un día, con el que era su novio y hoy su marido, veían juntos un libro de anatomía humana, (ambos son profesionales sanitarios, entonces estudiantes), y al llegar a la página donde se ilustraban los genitales femeninos, ella le contó de pasada cómo se provocaba el orgasmo acariciándose de una determinada manera. Él, señalando la ilustración, dijo que eso era imposible, que el clítoris no era así, como estaban viendo.

Recordaba ella perfectamente ese episodio, lo cortada que se quedó, y lo mucho que la impresionó, haciéndola dudar de lo que ella sentía, hasta el punto de que desde ese momento, y ya que el libro de anatomía contradecía su experiencia, nunca más pudo volver a tener un orgasmo.

La evidencia científica le vino a quitar la razón demasiados años después al patológico libro, demostrando que era perfectamente posible que ella sintiera placer acariciándose como lo hacía.

Afortunadamente, entre otras muchas rémoras que se ha ido quitando,  está ese bloqueo que le impedía disfrutar, y hoy día sí puede hacerlo.

 

A DIETA

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No hace tanto, en una novela de la autora francesa Virginie Despentes, “Vernon Subutex”,  me llamó muchísimo la atención el término, no sé si inventado por ella, “infobesidad”.  (Una búsqueda rápida en internet me dice que no, que fue acuñado en 1970 por Alvin Toffler. Todo un visionario, este señor. También puede llamarse infoxicación o sobrecarga informativa. Más datos…)  Fue leerlo y sentirme plenamente identificada, por desgracia. Se trata del exceso de información, de datos, de mensajes, que llega a saturar y a producir un embotamiento y sensación de pesadez, mientras se mantiene la glotonería informativa, tanto de información valiosa como de  intrascendente, podríamos decir basura, ambas situadas en el mismo plano en tantos y tantos medios.  Pensemos en todas las redes sociales que utilizamos,  tres o cuatro al menos, más el correo electrónico,  más la prensa digital, más la radio, más la televisión general, más revistas y libros en papel o libro electrónico…

A todo esto se le puede añadir la oferta cada vez mayor de cine, series, documentales, canales temáticos de televisión, disponible fácilmente en casa con sólo un click a través de diversas plataformas  que, sin estar al alcance de todo el mundo, sí llegan a bastante población.

Poco tiempo después, una conversación con uno de mis pacientes me hizo reflexionar sobre todo esto, y recordar el neologismo; me contaba la ansiedad y el malestar que a veces le invadían ante el alud de material gráfico;  la sensación de no poder estar al día de todo que tenía cada vez más a menudo, y sobre todo cómo su dificultad para decidir, que arrastraba desde siempre y más o menos contenía dentro de unos límites, se disparaba ante tamaña oferta, de películas, por ejemplo, y podía darse el caso de tardar tanto tiempo en elegir una, porque siempre parecía haber otra mejor, que al final la hora de acostarse estaba demasiado cercana y había que dejarlo sin llegar a disfrutar nada. Esto, repetido con frecuencia, se convierte en una especie de trampa, y deja un regusto ligeramente amargo.

Nada grave, es verdad, pero si lo menciono es por lo extendido y frecuente que es,  a mi parecer. Empacho de información, de datos, de conversaciones. Necesidad de respuesta rápida cuando enviamos algo, de que enseguida esté disponible lo apetecido. Participación general y continua en los inacabables grupos de whatsapp, donde es fácil adquirir la condición  de persona huraña si no se jalea o saluda con entusiasmo  y asiduidad.

Todo esto puede generar en algunas personas una ligera ansiedad que se sumará a la ya existente si se padece, y en el mejor de los casos contribuirá de forma silenciosa a acelerar un poco nuestro ritmo.

En fin, que como se solía hacer antiguamente, cuando te empachas hay que ayunar, o al menos seguir una dieta blanda, y en eso estoy, y sugiero.

 

 

 

Estar a lo que estás

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¡Niña, estate en lo que estás!, gritaba mi madre bajándome de una voz de mi nube, al pillarme perdida en ensoñaciones, en vez de mover con brío el estropajo, repasar con la plancha, o cualquiera otra tarea mecánica de la que me abstraía. Reaccionaba, y ya me centraba en lo que estuviera haciendo, aunque no me duraba mucho. La tenía frita, a la pobre. Ya contaré más de ella, era un pozo de sentido común y me dejó grabadas unas cuantas frases  como la de hoy.  Aunque  la forma gramaticalmente correcta es la del encabezado,  mi madre, que  fue poco a la escuela, lo decía así, y así me viene a la cabeza, con la contundencia de ese grito, cada vez que escucho o leo la palabra  “mindfulness”, o para ser más exacta, cada vez, y no son pocas, que leo la palabra en medio de un texto escrito en castellano.

Su significado, por si hay alguien que aún no lo sepa, es atención plena, sería la definición más corta,  o atención consciente al momento presente, como ejercicio deliberado en un momento concreto, o más bien como una actitud general.  Prestar atención de manera consciente a la experiencia del momento presente con interés, curiosidad y aceptación, prestar atención de manera intencional al momento presente sin juzgar, son otras definiciones que me gustan. Nada podría añadir sobre esto que no esté ya desarrollado en infinidad de páginas y escritos; como es propio de nuestra época, sólo hay que hacer una búsqueda más o menos afinada en internet. Incluso hay todo tipo de cursos, masters, y enseñanzas  bajo este nombre.

Recuerdo cómo al hablar de esto con uno de mis pacientes, cuya ansiedad le amargaba por momentos una vida por lo demás muy plena, ese “estar en lo que estás”, le resultaba muy gráfico y práctico para acordarse de usarlo con frecuencia. A menudo, el recuerdo de lo malo pasado puede  provocar ansiedad, así como el anticipar lo que se teme, y una de las formas de atenuarla es hacer el pequeño pero útil ejercicio de pararse un momento a ver dónde estamos, a notar lo que nos llega a través de nuestros sentidos, como una forma de centrarnos en lo tangible de nuestro cuerpo, que se nos olvida cuando le damos tantas vueltas a la cabeza, anclándonos así a la realidad que vivimos, y recuperar la calma.

Me ha vuelto a pasar; mientras cocinaba pensaba en lo que iba a escribir en vez de estar a lo que estaba, atenta al cuchillo, por ejemplo, y ahora tengo un corte en el pulgar. Me acuerdo de mi madre, claro.

 

DISPUESTA A PASARLO MAL

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Quien me conoce sabe que tuerzo el gesto cuando me hablan de libros de autoayuda; no lo puedo evitar, es una reacción automática, aunque intente disimular porque cada quien es muy dueño de elegir lo que lee y no quiero faltar al respeto. Incluso alguno que otro se podría salvar de la quema, por tener algo de solidez y sentido común, más allá de la cháchara habitual que consigue sobre todo fijar tu atención en el peso de tu mal.

Suelo decir, en consulta y fuera de ella, que la buena literatura  es la mejor lectura, no sólo por el puro placer que proporciona,  también cuando uno quiere tener un rato de evasión, cuando quiere descansar del agobio, y se puede de rebote encontrar consuelo e inspiración en otras situaciones, en otras vidas.  De hecho hace poco leí un artículo hablando sobre la “literatura terapeútica”, sobre libros especialmente adecuados cuando se sufre de esta u otra cosa, que convertía esto  en tendencia oficial.

Pero me estoy desviando de la idea inicial, la que ha provocado el título de hoy. Y es que en mis ratos de fantaseo, a veces me da por pensar que me lanzo y escribo un libro de “antiayuda” (buscad el término en internet y os llevaréis alguna grata sorpresa). Tengo clarísimo que en ese caso el título sería precisamente ese “Dispuesta a pasarlo mal”. Esta frase  refleja una actitud vital que creo es lo esencial a la hora de afrontar los avatares de la vida, y la que nos va a evitar caer en tantos y tantos problemas psicológicos.

Una persona que esté “dispuesta a pasarlo mal”, se atreverá a desprenderse de lo que sabe que la está oprimiendo o  perjudicando gratuitamente, aunque sepa con certeza que eso le traerá dolor al principio; se atreverá a plantar cara, a poner límites, a alejarse o acercarse, según sea el caso, a iniciar algo o a terminarlo, a sentirse sola, a ir contracorriente, pasos todos ellos necesarios en algún momento para poder vivir libre y plenamente, dentro de lo que nuestras coordenadas sociohistóricas nos permiten,  no con arreglo a lo que nuestro miedo a sufrir nos dicte.

Y no hay mantras, ni pastillas, ni técnicas conductistas, ni control de las emociones que valgan; nos pueden aliviar pero no hay nada que nos libre de experimentar el dolor cuando nos toca, y paradójicamente, esa disposición a aceptarlo, a sumergirse en él si hace falta, es lo que nos librará de la ansiedad que espera agazapada detrás de la esquina, unas cuantas calles más adelante, para asaltarnos cuando huimos del dolor.

 

SENTIDO Y SENSIBILIDAD

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Tomo prestado el título de esta deliciosa novela para escribir sobre algo de lo que he ido dándome cuenta con el tiempo, a lo largo de los años de profesión, y es que  un porcentaje apreciable, alto diría yo, de las personas que acuden a mi consulta reúnen una especial mezcla de ambas cualidades,  mujeres  y hombres por igual.

Sentido común, agudeza, lucidez, claridad y rapidez mental, capacidad de observación y análisis, largueza de miras, mentalidad abierta, buen  juicio, como lo queramos llamar, al fin es una manera de captar la realidad y de pensar sobre ella.

Sensibilidad al percibir situaciones, estados de ánimo, expresiones faciales, a veces sonidos y colores, pequeñas injusticias, incoherencias, que para otras personas pasan desapercibidas, y que estas no pueden dejar de ver, como tampoco pueden impedir en muchas ocasiones que una frase torpe, una observación bromista pero sin gracia, un comentario al pasar, les hagan daño, y queden dando vueltas en su cabeza durante mucho tiempo, sin atreverse a expresarlo.

Suelo decir medio en broma medio en serio que la combinación de estas dos cualidades es un cóctel altamente peligroso, por la capacidad de causar sufrimiento a la persona que las reúne, y  van juntas con frecuencia.

Como además suelen  cuestionarse a sí mismas su valía, su proceder, no les cuesta, más bien tienen tendencia a considerar que algo pueden estar haciendo mal, y acostumbran a buscar soluciones donde creen que pueden encontrarlas, en vez de continuar haciendo lo que ya se ve que no tiene resultado, es más probable que alguien con estas características termine buscando asesoramiento psicológico, y esas dos razones, mayor probabilidad de sufrimiento y una actitud abierta a la búsqueda de soluciones,  explicaría ese elevado porcentaje del que hablaba antes.

Es frecuente que este tipo de personas se sientan raras, inadecuadas, como que algo no termina de encajar, durante toda su vida. La tendencia a darle vueltas a todo, a asegurarse de que se hace lo correcto, de que se toma la mejor decisión, puede derivar fácilmente en un trastorno obsesivo; la capacidad para prever consecuencias y un alto sentido de responsabilidad puede llevar a una angustia paralizante; reflexionar con detenimiento en quiénes somos y hacia dónde vamos puede resaltar el absurdo de la existencia y llevar hasta el desánimo y la depresión; sentimiento de impotencia, perplejidad y rabia ante las injusticias que constantemente nos rodean, desembocar en una oposición y agitación constante; expectativas muy elevadas de lo que debe ser una relación de pareja, pueden llevar a la frustración e insatisfacción, y podría seguir…

Un comienzo escaso de seguridad y de cariño, unas circunstancias vitales desafortunadas, pueden hacer que estas dos cualidades, en vez de mejorar la vida, se conviertan en la puerta a un estado patológico. Ser consciente de esa mezcla especial, saber protegerse y navegar entre personas y situaciones, sorteando escollos, soltando lastre, ayuda a dejar atrás ese peligro y salir de aguas peligrosas para no tener que volver.

DESEO MASCULINO

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El deseo, hablo del sexual, suele ser frágil; a veces basta un gesto, una mirada, un comentario inoportuno, para acabar con él. O quizá es que mi deformado punto de vista me hace verlo así, porque me dedico a tratarlo, no lo sé muy bien. En cualquier caso, estaréis de acuerdo conmigo en que el que así de leve se considera es el femenino. Estamos acostumbrados a los atávicos comentarios, ya convertidos en chiste, de la perenne insatisfacción masculina ante la falta de deseo sexual de la mujer.

Habría mucho que hablar de esa falta de deseo en la mujer; cuánto tiene de real, cuáles son las razones que la motivan, cuánta desatención, falta de colaboración, cuánta represión educativa, cuánta asexualización cultural de la maternidad… podría seguir y seguir, pero no es de eso de lo que quiero hablar hoy.

Como decía, el deseo masculino se imagina siempre urgente, ávido, inagotable, frustrado muchas veces por esa falta de respuesta.

Lo que veo en mi consulta es otra cosa. No son pocas las parejas heterosexuales que acuden con la demanda de que es él quien no tiene deseo sexual, mientras ella sí.  En estos casos, a la insatisfacción y hasta sufrimiento que eso provoca en ambos miembros de la pareja, hay que añadir la falta de virilidad que un hombre siente en estos casos (es inevitable compararse con lo que se oye en los corrillos, con lo que se ve en el porno, donde aparecen los otros hombres, siempre deseantes), y el profundo rechazo que la mujer siente al no saberse deseada, lo que también casi inevitablemente la lleva a verse fea, a estar mal con su cuerpo, como si esa fuera la razón de la ausencia de deseo.

Lo que suele haber detrás es bastante más complejo. Como ejemplo de esto me gustaría contar el caso de un paciente que acudió con su pareja a mi consulta, al que llamaré F. (cuento con su permiso para ello).  F. y su mujer venían arrastrando años de insatisfacción. Tenía muy poca apetencia sexual, evitaba las relaciones lo más que podía, excusándose con lo que tuviera a mano: sueño, molestias, cansancio…

Tenían discusiones esporádicamente por algún asunto sin resolver, pero por lo demás era una pareja que se llevaba bien, que se querían y él la encontraba a ella muy atractiva física y mentalmente.

¿Dónde estaba el problema entonces?  F. es, como muchos otros aunque no se atrevan a expresarlo, un hombre muy sensible, y tenía dos elementos muy importantes en contra.  El primero de ellos, una gran inseguridad respecto a su capacidad de dar placer: pensaba que, como a veces perdía la erección, eso lo descalificaba como amante, se aturullaba, se sentía fatal consigo mismo, y ahí se acababa todo, imposible seguir con nada, ni caricias con la mano, con el cuerpo, con la boca, ya nada, con la  consiguiente frustración y desespero de ambos.

El segundo elemento en contra, paradójicamente, era esa gran sensibilidad de la que antes hablé. Cuando tenían algún desacuerdo, cuando él,  por el motivo que fuera, se sentía dolido o incomprendido,  se lo guardaba, en vez de expresarlo, y ahí quedaba, como un poso que enfriaba su ánimo y apagaba cualquier conato de deseo, diferente a otros hombres que tras una discusión o desacuerdo buscan acto seguido el encuentro sexual.

Gracias a su dedicación al proceso terapéutico, a la colaboración de su mujer, todo esto mejoró mucho, y recuerdo perfectamente lo que él me dijo una de las últimas veces que nos vimos: “Ya me ha quedado claro que tengo que expresarme, que he de tener el ánimo ligero y el camino entre nosotros despejado de cualquier resquemor o cosa no dicha, porque sé que de lo contrario me alejo de ella y  afecta a mi deseo”.

También es así el deseo masculino.